viernes, junio 01, 2012

Visita a las ruinas del narcotráfico




Crónica de un recorrido por la réplica del Club Colombia que construyó José Santacruz; la hacienda El Imperio que, dicen, perteneció a ‘Chupeta’; los restos de la casa donde capturaron a Gilberto Rodríguez. Vestigios que ahora son símbolo y memoria de la historia reciente de todo un país.





Por Santiago Cruz Hoyos
Fotos Jorge Orozco
El País, Cali

Ahora que ha pasado el tiempo, agua bajo el puente, parecen, más bien, piezas monumentales y dispersas de un gran museo al aire libre.


Se encuentran en las entradas de la ciudad, en los alrededores, en callejones de barrios exclusivos. Abandonadas. Oscuras. Húmedas. En ruinas. Tragadas por el monte. Embadurnadas de boñiga. Tapizadas de lama. En ciertos recovecos de algunas huele a podrido. En algunas huele a lo que huele la muerte.


En todo caso siguen pareciendo piezas de museo. Apreciarlas hace recordar, enseguida, una época: los años 80, los años 90.

Al observarlas se regresa, de repente, a la infancia: el día en que saliste muy temprano a acompañar a tu papá al negocio de la familia porque una bomba había estallado a un par de cuadras; el día en que sentiste miedo solo por pasar cerca de una droguería que se hizo famosa por ser blanco de atentados terroristas perpetrados por capos rivales a los de la ciudad; el día en que estabas furioso con tu mamá porque no te dejó ir al estadio. Te encerraste en el cuarto, lloraste, pero al otro día no había argumentos para rebatir la decisión. El noticiero informaba de una balacera entre presuntos mafiosos que sucedió en la tribuna occidental, justo a la que ibas a asistir con tu tío.

Las propiedades que pertenecieron al narcotráfico, casas, mansiones, haciendas, tienen ese poder. Evocan tu propia historia y la de un país entero. Son símbolo y memoria de un pasado cercano.

Tal vez eso explique el interés por volver a ellas, entrar. Conocer el interior de esos cascarones agujereados como quesos por los buscadores de caletas. Caminar por los cuartos invadidos de telarañas, guaridas de murciélagos. Ver los huecos en donde pensaban esconderse los capos. Meterse en esos huecos. Imaginarlos ahí, a los mafiosos, evadiendo a las autoridades. Acordarse de una noticia que era casi diaria, casi fija en los medios y que te hacía dejar todo lo que estuvieras haciendo para escucharla: los operativos del Bloque de Búsqueda de la Policía. Caminar por la orilla de la piscina que ahora está llena de aguas verdes, espesas. Preguntarse cuánta champaña se habrá tomado en esa piscina hoy hedionda. Cuántas fiestas. Cuántas jovencitas habrán nadado allí. Ser testigo directo de esas excentricidades de los narcos que transformaron, en parte, la cultura del país.

Volver a las ruinas de la mafia supone todo eso: reencontrarse con la historia personal y la de toda una ciudad, la de toda una Nación; saciar, también, la curiosidad por conocer el imperio caído de unos señores que nos salpicaron a todos, que influyeron en la existencia de todos los que habitamos Colombia, Cali.



II

Crecimos escuchando una leyenda. La historia de un capo del narcotráfico, José Santacruz Londoño, alias Chepe, a quien no le permitieron ser socio de uno de los clubes más importantes de la ciudad: el Club Colombia. Alias Chepe, entonces, para demostrar que nada, nadie, lo detenía, para hacerse sentir en la sociedad, mandó a construir una réplica del mismo club solo para él. Le habría costado, es un cálculo de las autoridades, $5.000 millones.

Aquí está, aparentemente firme en sus muros exteriores, la famosa réplica que certifica la leyenda. Aparentemente firme. Entrar es encontrarse con una estructura de paredes rotas, pisos con cráteres en los que cabrían cinco personas, techos escudriñados, gradas martilladas, antiguas caletas ya esculcadas.

En esta mansión, se piensa mientras se recorre, las caletas eran tan necesarias como los conectores para el televisor, como los plafones para los bombillos. Por cada cuarto, cada salón, hay caletas; en la habitación principal se cuentan seis. El capo que construyó este palacio conocía, entonces, su condena: su destino era huir, esconderse y para eso se preparaba.

Mientras se recorre la mansión también se reflexiona sobre los excrementos. Los pisos de las ruinas de los narcos están alfombrados con capas de boñiga que te cubren los zapatos, te ensucian el ruedo de los pantalones. La escena, literalmente, traduce la gloria efímera, el poder efímero, todo eso cubierto por mierda. El lujo del pasado es ahora lugar de descanso y baño de vacas y caballos.

La réplica del Club Colombia está ubicada exactamente en la Avenida Peñas Blancas, por la salida de Cali hacia el municipio de Jamundí.

De lejos es difícil divisar la edificación. La camuflan pinos, maleza. Hay que acercarse para apreciar el mito, agacharse, cruzar con cuidado una cerca de alambre de púa destemplado.

Primero aparece la portería. Se supone que aquí debías anunciarte antes de seguir. Como en el Club. En la portería en obra negra, en ruinas como la casa, gris como la casa, hay hojas de árboles en el piso, escombros, bolsas plásticas, una caja de una loción costosa: Ermenegildo Zegna. Es una de las marcas de perfumes y ropa que exhibían como pavos los narcos de la época.

Más adelante, después de atravesar la maleza, los pinos, aparece la réplica y lo obvio, una estructura ostentosa. El tamaño de algunas habitaciones, por ejemplo, es casi como el de un apartamento moderno y sus paredes dan pistas de gente que ha merodeado por el lugar. En una de las paredes escribieron en lápiz: “contra el ayer”. Abajo, en un corredor, pintaron, también a lápiz, lo que parece un mapa de ubicación de una caleta.

En el hall dibujaron la cara del indio Piel Roja y un nombre: Alejandro. En un cuarto oscuro donde vuela un murciélago se ve una caneca de aguardiente que aún tiene alcohol. La réplica del Club Colombia está siendo visitada.

En 1996 el Bloque de Búsqueda informaba que solo en Cali, los capos, en su desbandada, habían dejado abandonadas 1.214 propiedades lujosas como esta, valoradas en 32 billones 67.940 millones de pesos. Un periódico nacional hacía un cálculo: con una mínima parte de este valor se habría podido solucionar el déficit habitacional de Cali en la época. Con esa plata se hubiera pagado el salario mínimo para una población tan grande como la de Estados Unidos.

Salir de esta pieza de museo hace que se piense, entonces, en otro asunto. Los que murieron en la guerra de los carteles. Los que pusieron la sangre para que los narcotraficantes se llenaran de plata. Las ruinas de la mafia hacen también que recordemos a las víctimas.

Existe, a propósito, otra leyenda: a los obreros que construían las mansiones los mataban. Conocían la ubicación exacta de las caletas...

III

De esta finca se han creado mitos. Está, por ejemplo, el de la caleta protegida por fuerzas del más allá. Dicen que un brujo preparó un conjuro para que no pudiera ser hallada. La única manera de encontrarla, según el final del mito, es contratando los servicios de otro brujo.También está la leyenda de los caballos. La finca, que se llamó El Imperio y está ubicada en el corregimiento de Potrerito, Jamundí, perteneció, según cuentan en la zona, al narco Juan Carlos Ramírez Abadía, alias Chupeta, experto en montar equinos finos. La leyenda asegura que en las pesebreras de El Imperio durmieron caballos que costaban, cada uno, tres millones de dólares.

El Imperio fue famosa por eso, sus pesebreras y caballos. En un muro se lee que en el pasado se ofreció el servicio de alquiler de potros, reproducciones, alquiler de esas pesebreras que ahora lucen, más bien, como selvas impenetrables. Las pesebreras de El Imperio se convirtieron en eso: montes tupidos que no dejan ni siquiera que la luz del sol ilumine el suelo.

Lo mismo pasa con otras excentridades. A la gallera se la tragó la maleza, lo mismo que a la discoteca.

La casa de la finca es una curiosidad. Fue blindada. De los muros desplomados salen láminas oxidadas. Algunos vidrios siguen intactos. También son blindados. Las ruinas de la mafia cuentan historias de hombres que invertían millones para hacerle el quite a la muerte que los perseguía.


IV

La tumbaron. La casa del norte de Cali donde capturaron a Gilberto Rodríguez Orejuela. Apenas hay escombros, varillas de hierro que salen dobladas de los muros, el esqueleto de la estructura. En lo que queda hay, de todos modos, vestigios de vida: un sofá azul, un afiche que anuncia un tratamiento para la caída del cabello, un zapato amarillo. Lo que quedó de la casa, parece, fue convertido en un cambuche. La vivienda de uno de los narcotraficantes más ricos de la historia luce como resguardo de un indigente. En todo caso a esta hora, las 10:00 de la mañana, no hay nadie. Solo se ve una cámara de video que sale de una ventana del edificio de enseguida, apuntando a los escombros. Alguien vigila esos restos.

V

En la recta Cali - Palmira está una procesadora de pollos que perteneció al narco Pacho Herrera y al frente una finca que, dicen, fue de Víctor Patiño. El recorrido por los bienes en ruinas de la mafia puede tardar, entonces, meses. Solo en el Valle del Cauca se cuentan 3.819 propiedades que le fueron incautadas al narcotráfico o fueron sometidas al proceso de extinción de dominio. Los maneja la Sociedad de Activos Especiales del Ministerio de Hacienda, después de que la Dirección Nacional de Estupefacientes entrara en liquidación por actos de corrupción.No todas las propiedades, por supuesto, están en ruinas. Algunas la Sociedad de Activos Especiales las arrienda, otras las vende a través de subastas públicas.


El dinero es consignado en las cuentas del Fondo de Rehabilitación y lucha contra el Crimen Organizado, Frisco.

Los bienes que siguen en ruinas continuarán así. No existe un plan para recuperarlos, por ahora. La Sociedad de Activos Especiales no puede invertir en ellos, además: “Inversiones superiores a 1.5 salarios mínimos deben ser autorizadas por la DNE”, informa Silvio Aragón, el gerente de la Sociedad en el Valle. Y la DNE se está acabando.

Esas propiedades, en ruinas o restauradas, productivas, no importan su condición, siguen siendo piezas de un museo que guardan la memoria de la historia reciente de todos los habitantes de un país.














miércoles, mayo 16, 2012

El intérprete de 'Dios'



Entrevista
Publicado en Estados Unidos, España y en toda América Latina, ‘Messi’ es el perfil de ese jugador de fútbol que mejor se conoce como el ‘Hijo de Dios’. Hablamos con su autor, el periodista argentino Leonardo Faccio.




Por Santiago Cruz Hoyos
Texto publicado en la Revista GACETA - El País
Foto cortesía Cécile Carrez


Se ha comprobado. La Santísima Trinidad no proviene del cielo. La Santísima Trinidad vino de Argentina: ‘Dios padre’, Diego Armando Maradona; ‘Dios hijo’, Lionel Messi; ‘Dios Espíritu Santo’, aún por descubrir. Los cazatalentos del Fútbol Club Barcelona ya trabajan en ello.

Parece que solo los nacidos en tierras gauchas tienen la posibilidad de recibir el título de Todopoderosos. Ni siquiera un brasilero que, dicen, ha sido mejor que ellos -o por lo menos ha estado en el mismo nivel- ha sido llamado ‘Dios’. A Pelé le asignaron un distintivo terrenal, mundano. Lo llaman ‘el Rey’.


Tal vez eso se debe a que Edson Arantes do Nascimento no registra milagros comprobables. Maradona, por ejemplo, tiene la mano de ‘Dios’ y en Argentina es santo de su propia iglesia, la Iglesia Maradoniana. Messi, por su parte, está rescatando a los ateos del camino de la perdición para convertirlos a su fe, el fútbol de otro mundo.

El testimonio de tal milagro lo dio, en pleno partido del Barcelona, un hincha. En una pancarta escribió: “Messi, no creía en Dios hasta que te conocí”. En Facebook hay una página que se llama igual.

Para que entendamos a ese Creador que transforma incrédulos en seguidores de su dribling ha surgido, también de tierras argentinas, un traductor de su personalidad.


El intérprete de Lionel Messi se llama Leonardo Faccio. Nació en 1971 en Buenos Aires. Es cronista. Sus historias se han publicado en los periódicos El Mundo, El País, La Vanguardia, El Periódico de Catalunya, El Mercurio.


También en las revistas Altaïr, Elle, Rutas del Mundo, Internazionale, SoHo, Etiqueta Negra, Travesías y Gatopardo.


Una vez alquiló su cuerpo para un laboratorio que necesitaba probar los efectos de un calmante para el dolor, Tramadol. Tuvo que llegar temprano y en ayunas. Le pagaron 500 euros y salió de mal genio, con dolor de cabeza. La crónica de qué se siente rentarse y ser un conejo de pruebas hambriento la tituló ‘El humanitario negocio de alquilar tu cuerpo para el progreso de la ciencia’ y hace parte del segundo tomo de la antología de crónicas ‘Lo mejor del periodismo de América Latina’, de la Fundación Nuevo Periodismo.

Faccio vive en la ciudad de Messi, Barcelona. Faccio tardó nueve meses para entrevistarlo durante 15 minutos. Faccio lo observó un año después mientras filmaba un comercial de televisión; Faccio lo siguió en 2011 hasta Suiza, a la ceremonia de entrega del Balón de Oro, donde Lionel llegó vestido con un traje que lo hacía ver como mesero y Gerard Piqué bromeaba:


- Señor Leo, por favor sírvame una Coca-Cola, le dijo. Sonrieron.


Faccio habló con los abuelos de ‘Dios hijo’, con sus amigos, con sus hermanos, con sus profesores, con sus representantes, con sus entrenadores. Faccio escribió primero un perfil que se publicó en Etiqueta Negra y después un libro que acaba de llegar a Colombia, ‘Messi, el chico que siempre llegaba tarde, y hoy es el primero’. Ahí, en 192 páginas, nos cuenta cómo es ‘Dios’.

Messi es mimado. Messi es tímido. Messi, capaz de entretener a millones de personas, se aburre cuando no está en una cancha. Messi sonríe si le regalan lociones. Messi vive cada derrota como si fuera el fin del mundo. Messi come chicle antes de salir al campo. Messi, cuando se enfada, se encierra en silencios tensos. Messi se enfada si dudan de sus capacidades. A Messi le gusta tomar la siesta todos los días. A Messi no le gusta leer. Messi, el jugador que a veces también aburre porque en la cancha todo le sale perfecto, cambia, se sigue transformando.


Leonardo, ¿cómo definir a Messi?

Messi tiene muchos matices. Explicarlos me demandó tres años de trabajo. Para ser breve puedo decir que Messi protagoniza una paradoja común entre prodigios: debe asumir responsabilidades de adulto sin perder la energía creativa que solo tienen los niños cuando juegan. Esta exigencia, si bien no define, condiciona su personalidad.



Necesita que lo mimen, ¿no? Como cuando Guardiola lo dejó por fuera de un juego y Messi no fue al entreno. Necesita que lo mimen pero tiene un carácter que expresa con silencio...

Sí. Messi se expresa más con silencios que con palabras. La escena que usted menciona lo describe: fue una mañana de 2009. El primer equipo del Barça estaba listo para entrenar y Messi no se había presentado. Pensaron que estaba enfermo. Después supieron la verdad: dos días antes Guardiola no lo había puesto en un partido contra el Sevilla y Messi se ofendió. Podrían haberlo sancionado. Guardiola, en cambio, no volvió a dejarlo sin jugar y echó del equipo a los delanteros que le disputaban su puesto: Ibrahimovic y Eto’o. Luego Messi fue el goleador de la Champions durante tres temporadas. Sus goles también son una forma de opinar con la boca cerrada.


No sé si ganar tanto sea una amenaza para él. Es decir: ya ganó Champions, Liga española, el Balón de Oro. Le falta ganar con la Selección Argentina. Pero si llegara a ganar con la Selección, ¿qué más podría ambicionar?

No creo que tenga un límite. Veo a Messi como a un chico con una misión de vida. El éxito o el fracaso en el campo puede reportarle tanta felicidad como tormento. Lo hemos visto: Messi vive un duelo en cada derrota. Sigue llorando cuando pierde. Al llegar a Barcelona centró sus energías en el fútbol y construyó su identidad en torno al balón. Su estado anímico depende del fútbol y las dificultades que pudieron truncar su carrera –su problema para crecer, los efectos del desarraigo, lejos de desanimarlo parece que lo fortalecieron. La adversidad es su hábitat y es cierto que con la Selección Argentina tiene una deuda pendiente. Pero también es verdad que el fútbol siempre presenta nuevos desafíos.


¿En qué momento se decidió a escribir sobre Messi?

Empecé a seguirlo a finales de 2008. Mi editor, el director de la revista Etiqueta Negra, Julio Villanueva Chang, me dijo: “de Messi se hablará mucho y sabemos muy poco”, y me propuso retarlo. Yo nunca fui aficionado al fútbol pero acepté el desafío porque veía muchas ilusiones depositadas en Messi. Su juego afecta el estado de ánimo de millones de personas, y ese poder inestable de los ídolos populares siempre me interesó. Luego se produjo una reacción en cadena. El perfil publicado en Etiqueta Negra llamó la atención del director de la editorial Debate, Miguel Aguilar, y al poco tiempo estaba trabajando en el libro.


Messi apenas le dio 15 minutos de entrevista. Messi, además, habla poco. Para un periodista es un personaje lejano, está protegido. Es difícil escribir, descifrarlo, estando tan blindado. ¿Pensó en renunciar al proyecto ante la dificultad de acceder al personaje?

Nunca pensé en renunciar al proyecto. Sabía que Messi habla poco y como antídoto a la frustración partí con una idea más o menos clara: no quería que a Messi lo limitasen sus propias palabras. De modo que lo entrevisté una vez, observé con detalle sus gestos en varias oportunidades y luego construí un relato coral con su entorno cercano. Hablé con más de cien personas: amigos, familia, maestras, entrenadores. Messi seguía mis pasos desde su teléfono móvil. Incluso participaba con mensajes de texto. Los códigos del chat electrónico son un recurso ideal para los tímidos como él. Messi fue más expresivo vía SMS que en persona.


El libro está dividido en tres partes, tres años, tres encuentros distintos: 2009, 2010, 2011. ¿Cómo realizó la reportería? ¿Cómo tejió el libro?

Messi se demoró nueve meses en concederme una entrevista. De modo que la reportería fue lenta, pero también vertiginosa. Durante los tres años en que seguí su vida -2009, 2010 y 2011-, Messi batió todos los récords con el Barça y llegó a lo más alto, hasta ahora, de su carrera. Fui afortunado en ese sentido. El tiempo real tenía el dramatismo suficiente para mantener la tensión del relato y decidí respetarlo.

En cada parte del libro me centro en episodios representativos de su vida pública para luego contrastarlos con escenas de su mundo privado. En la entrevista que tuve con él cara a cara, por ejemplo, me introduzco en su lenta vida de rutinas, que contrasta con el chico impredecible que todos vemos en el campo.

Digamos que por su carácter humilde, a veces Messi nos hace creer que ciertos momentos extraordinarios de su existencia son parte de la normalidad, y yo me propuse darles, por contraste, un nuevo valor. Lo hago en la segunda parte del libro, donde cuento los entretelones de la grabación de una publicidad de botines. Esa escena evidencia el actual éxito comercial de Messi, y está contrastada con la incertidumbre que vivió durante sus primeros años en La Masía del Barça.

La entrega del Balón de Oro que lo consagra a nivel mundial, la narro -en la tercera parte- en secuencia paralela con sus días de infancia y preadolescencia en Rosario (donde nació). Los tiempos contrapuestos creo que cargan de significado a los hechos. Otro motivo para mantener esta estructura está relacionado a la forma: el fútbol es el más popular de los deportes y el libro debía ser para un público muy amplio, de modo que elegí un género con origen popular como referencia: la ópera. A cada parte-acto le corresponde un tiempo diferente: allegro, adagio y presto. Supongo que puede leerse como una ópera ‘non fiction’.


Messi es un personaje difícil de traducir. No va a dar lo que daría, por ejemplo, Maradona, Bilardo. Su vida, además, es ¿cómo decirlo?, tan normal. En la cancha, claro, es otra cosa. ¿Cómo contar una historia de largo aliento con un personaje plano como Messi?

Messi se mueve, crece y yo quería retratarlo en acción. Ese fue mi primer desafío. No tiene sentido fijar en bronce la vida de un chico de 24 años y en permanente cambio. Por eso escribí un perfil y no una biografía. Las biografías suelen subordinar los rasgos de carácter de las personas a la estática información biográfica. Yo hago el proceso inverso. Los patrones de conducta que explican a Messi tienen el mayor protagonismo: su afición por las rutinas, su lentitud lejos de la pelota, el apego a la familia y a la figura materna.


Messi asumió desde pequeño responsabilidades de adulto y supuse que el tema central del libro debía ser el trauma de crecer. ¿Cómo contarlo? Por suerte las personas que lo rodean me ayudan a hacerlo: su hermana adolescente, la maestra, el carnicero, el doble, el hermano del medio, amigos, compañeros de habitación. En el libro abundan personajes que podemos definir como secundarios y que son vitales para la historia. A diferencia de otras personas más expuestas a los medios, como el papá a quien también entrevisté, ellos miran con perplejidad la intimidad de Messi y dan relieve a la existencia plana que tú mencionas. Esas miradas son reveladoras.


Hablemos del proceso de escritura del libro. ¿Cómo se dio?

Siempre sufro cuando escribo. Uno padece en el intento de acortar distancias entre lo que pretende decir y lo que finalmente logra comunicar. La rutina y la perseverancia ayudan a achicar ese margen pero todo el esfuerzo nunca es suficiente. Por fortuna, en este proceso pude contar con un editor paciente y muchos escritores amigos que aceptaron leer mis borradores y aportaron valiosos consejos.


¿A quiénes leyó usted mientras escribía el libro? Intuyo que un referente fue Juan Villoro.

Lo es. Mientras escribía ‘Messi’ frecuenté ‘Dios es redondo’, de Juan Villoro. También leí ‘Comediantes y mártires’, de Juan José Sebreli y ‘Diccionario filosófico’, de Fernando Savater. A los ensayos sumé perfiles ejemplares: ‘El secreto de Joe Gould’, de Joseph Mitchell; ‘Retratos y encuentros’, de Gay Talese; ‘El rey del mundo’, de David Remnick y ‘El dictador, los demonios y otras crónicas’, de Jon Lee Anderson. Además, cada mañana, abría ‘Zona’, de Mathias Enard.

Las primeras lecturas del día nunca están relacionadas al tema de mi trabajo. En ellas busco melodía, armonía, atmósfera. Creo que leo más por necesidad de información y ritmo que por el puro placer de leer. Leo para poder escribir.

¿Qué ha pasado con el libro, qué reacciones ha tenido? ¿Lo leyó Messi?

El libro fue publicado en Estados Unidos, España y en toda América Latina. En algunos países se prepara una tercera edición y hay varias traducciones en proceso. Jamás imaginé semejante repercusión y sigo con asombro su avance. De parte de Messi aún no tuve una respuesta directa. Él me dijo que no le gusta leer. De modo que no sé si habrá leído el retrato que hice de su vida. Sí me enteré que la Fundación Leo Messi desautorizaba el libro. Yo escribí la historia sin censuras y entiendo que una reacción de rechazo es esperable. Sucede con frecuencia cuando el periodismo publicado es independiente.

Contemos otra historia. ¿Quién es Leonardo Faccio? ¿Cómo empezó usted a escribir crónicas?

Hubo un comienzo. Mi madre, que era maestra, siempre decía: “Las palabras pueden curar y también enfermar a la gente”. Tal vez influenciado por esa advertencia viví un tiempo convencido de que mi vocación era ser psicoanalista. De hecho estudié psicología durante un año. Pero mi destino dio un vuelco cuando leí ‘Operación masacre’. Ese libro -en el que Rodolfo Walsh narra los fusilamientos ordenados por el gobierno de facto del general Aramburu en Argentina- me conmovió. La voluntad moral de su autor fue iluminadora. Walsh había escuchado un comentario: “Hay un fusilado que vive”, y a partir de ese momento su conciencia no lo dejó en paz. Sintió que su deber era contar esa historia, aunque podía convertirse en un fusilado sólo por intentarlo. Yo tenía 19 años cuando leí ‘Operación masacre’. Desde entonces la dimensión literaria y moral del periodismo condicionó mi vida.


¿Por qué, entonces, es importante que los medios impresos le apuesten a contar historias? ¿Usted qué piensa?

Creo que Internet nos brinda una sobreabundancia de información y poco conocimiento. Ese puede ser un motivo: La lluvia de noticias del periodismo diario nos empapa con hechos excepcionales que no se explican por si mismos. Nos hace falta un reparo, un alero, desde donde observar con tranquilidad todos los matices.

El periodismo narrativo ofrece la posibilidad de tomar distancia para comprender. Una historia bien contada puede detener el tiempo y responder a la pregunta ¿Por qué sucede lo que sucede? Creo que eso es lo que todos queremos saber.


La última: Con ‘Messi’, el libro, ¿cree que ha llegado su madurez como contador de historias?

No. Nunca dejamos de aprender. En este caso me enfrenté por primera vez a un arco narrativo para mí extenso, y creo que en el proceso de producción confirmé al menos dos sospechas. La primera es que una manera recomendable de comprender lo extraordinario –la trayectoria de Messi- es aproximándonos a su normalidad. Lo estimulante de la normalidad de Messi son las paradojas que presenta: el Messi del Barça y el de la Selección Argentina, el hiperactivo en la cancha y el demorón en su vida privada, el explosivo y el tímido.

Una de esas dualidades inspiró el subtítulo del libro –El chico que siempre llegaba tarde (y hoy es el primero)- y todas dieron paso a una segunda sospecha confirmada: desentrañar paradojas ayuda a descifrar lo aparentemente simple, en este caso la personalidad de Messi. Al menos esa fue la idea.

 


martes, mayo 08, 2012

El pueblo de la paz perpetua





Usiacurí, un municipio del Atlántico, completó en 2011, diez años sin que se haya registrado un solo homicidio. Crónica de una tierra de artesanos que hoy es símbolo de esperanza para un país agotado por la guerra.



Por Santiago Cruz Hoyos
Enviado Especial El País
Aquí en Usiacurí aún persiste una vieja costumbre. Cuando – a veces pasa – se va la energía eléctrica en la noche, los habitantes del pueblo abren de par en par las puertas de sus casas. Después ubican sus colchones en la sala, o cerca al comedor, y ahí duermen a pierna suelta, tranquilos. Esa es la única manera, explica don Óscar Peña, de combatir el calor. Como no se puede prender el abanico (ventilador) entonces hay que recibir el viento natural que entra fogoso para poder pegar el ojo.

Y no, no pasa nada, agrega don Óscar, presidente del Consejo Territorial de Planeación del municipio. En Usiacurí no roban a nadie así esté profundo y con la puerta de la casa abierta. Incluso - pone otro ejemplo - usted se puede quedar dormido en el Parque La Convivencia y no existe el menor riesgo de que lo atraquen. Si acaso le esconderán los zapatos. Pero será apenas una broma. Seguro.


Don Óscar, ahora que le preguntan por homicidios que hayan sucedido en Usiacurí, recuerda uno que se registró en los 70. Un campesino resultó muerto de un tiro. Pero, es su versión, parece que fue un crimen accidental. Resulta que el campesino estaba tomando licor con un hombre armado. El hombre sacó el revólver y se puso a jugar, empezó a darle vueltas al arma encima de la mesa. Hasta que el aparato se disparó.


Sin embargo, los muertos por homicidio en Usiacurí son casos esporádicos, una rareza. En toda la historia del pueblo los crímenes se podrían contar con los dedos de una sola mano. El municipio, por cierto, llegó a cumplir en 2011 una década sin que se presentara un solo asesinato. La estadística podría haber seguido, sino hubiera aparecido un desamor. Ya se contará esa historia.


Ahora a don Óscar le preguntan por qué esta tierra ha permanecido blindada ante la violencia. Por qué aquí el orden no se altera, la gente se muere de vieja, los hijos entierran a sus padres y no al revés, como pasa en el resto del país. ¿Cuál es el secreto de la paz de Usiacurí que Colombia debe conocer?


Parte de la respuesta, dice, está en la idiosincrasia de los habitantes, en la cultura, que los ha convertido en seres pacíficos. Pero debe haber algo más.



II

Usiacurí es un municipio del departamento del Atlántico. Está, en bus, a unos 45 minutos de Barranquilla. Para llegar se debe tomar un taxi hasta el centro de esa ciudad, arribar a un terminal pirata, buscar el viejo vehículo pintado de azul que tiene una placa en el vidrio panorámico con el nombre de Usiacurí.El pasaje cuesta $3.200 y el bus irá muy despacio mientras va recogiendo pasajeros que llevan bultos de pescado, cajas con pollos recién nacidos. En el radio suenan vallenatos y más de uno lo tararea, lo baila sentado. Los nacidos en esta región de Colombia sólo necesitan escuchar un acordeón para hacer de la existencia un carnaval, para justificar que este mundo vale la pena. Nada más.


Un gran monumento con forma de araña – la Musa de los Tejedores se llama– anuncia la llegada al municipio. Usiacurí es un pueblo de artesanos y tejedores que trabajan la palma de iraca. Con la palma hacen individuales para comedor, monederos, zapatos, bolsos, pulseras, aretes. El pueblo subsiste, en parte, gracias a las artesanías. Luz Márquez, gerente de la cooperativa que agremia a los artesanos, calcula que el 90% de los casi 10.000 habitantes de Usiacurí dominan ese oficio que se aprende en casa generación tras generación, aunque no todos lo ejercen. Algunos prefieren trabajar en el campo en cultivos o ganadería; otros viajan hasta Barranquilla para laborar. A propósito, el 75% de la población está subsidiada por el Sisbén.


La tradición de las artesanías es heredada de los indígenas. El cacique amo de estos contornos se llamó Curí. De ahí viene el nombre del pueblo. Bienvenido de la Hoz, historiador empírico del municipio –así se presenta-, cuenta además que los indígenas llegaron a esta tierra atraídos por los pozos de aguas medicinales que les servían también para cultivar en épocas de verano.


Los pozos aún existen y cada uno cura una enfermedad distinta, dice Bienvenido. Desde problemas de circulación hasta infertilidad.


En busca de esas aguas milagrosas que le sanaran sus problemas gástricos también llegó a Usiacurí un reconocido poeta colombiano: Julio Flórez. Se amañó tanto que se quedó a vivir en el pueblo. Su casa – en donde está su tumba - fue convertida en museo y es otro de los ganchos turísticos del municipio. Pero sin duda lo que más atrae de este paraje es la paz que ha mantenido.


El viejo bus acaba de frenar frente a la sede de la Alcaldía.



III

Es miércoles 14 de marzo de 2012. La temperatura en Usiacurí debe llegar a los 26 grados centígrados. Algunas mujeres que caminan por ahí se protegen del sol con sombrillas. El viento también ayuda a sofocar el calor. La brisa por momentos es tan fuerte que las mecedoras que están en los antejardines de algunas casas se mueven solas, como si hubiera fantasmas ahí sentados. El pueblo, a esta hora, las 10:00 de la mañana, está silencioso. Así permanecerá a lo largo del día. Jaime Márquez Bandera, funcionario de la Alcaldía, informa que excepto los fines de semana, cuando cantinas como ‘Me recordarás’ abren, Usiacurí es así, callado, casi mudo. Tal vez eso se debe a que en las casas se tejen las artesanías mañana y tarde. Y es un trabajo que exige concentración, silencio, paciencia. Estrella Angulo, artesana, contó que para terminar un juego de individuales de seis puestos puede tardar tres días.


En este momento Jaime Márquez camina por las calles de Usiacurí. Mientras avanza va saludando a cuanto transeúnte se le aparece. De todos se sabe el nombre, el apellido, su lugar exacto de residencia. Jaime tiene 38 años y como muchos de los habitantes del municipio, jamás se le ha ocurrido irse a vivir a otro lado. Más tarde, en el almuerzo, dirá entonces que esa debe ser la clave para entender el por qué de la paz de Usiacurí. Este es un pueblo de gente que se conoce desde hace décadas, es una tierra de amigos.


El padre Gerardo Niebles está de acuerdo con esa teoría. Sentado en la sala de la casa cural explica que Usiacurí es un municipio de personas solidarias que cuidan la vida del otro como si fuera la propia. Sin embargo, el sacerdote agrega un dato más que también podría explicar la tranquilidad perpetua de Usiacurí: las artesanías. Como los niños, las mujeres, los hombres, los ancianos permanecen ocupados tejiendo, diseñando, con la mente concentrada todo el día, eso ha servido para que nadie vaya por ahí ofuscado con ganas de buscarse problemas.



El alcalde William Bresneider Alvear agrega además que en Usiacurí hay una cultura ciudadana sólida. Mire no más las calles, dice. Están limpias, sin un solo papel por ahí tirado. Es cierto. Usiacurí es un municipio aseado. Entonces, sigue el Alcalde, esa cultura ciudadana también ha servido para que el pueblo se proteja.

Se explica: cada que llegan personas extrañas, cada que los habitantes observan un hecho sospechoso que pueda atentar contra su tranquilidad, lo denuncian. Llaman a la casa del Alcalde o llaman a Érika Cruz, la comandante de la estación de policía que está a cargo de doce agentes. Entre comunidad y autoridades, curioso en este país, hay una relación estrecha, íntima, de amistad. Érika Cruz cuenta que incluso a veces que sale a patrullar las calles la gente la invita a seguir a su casa, le ofrecen tinto, venga y vemos el noticiero. Eso, piensa, ayuda a mantener la calma de Usuacurí.

Los policías de este pueblo deben ser los más felices de Colombia. No tienen que lidiar con las Farc o paramilitares, ni siquiera con pandillas. En cambio atienden casos de gallinas robadas, un par de trompadas que se dieron dos borrachitos o esporádicos casos de violencia intrafamiliar. Los delincuentes que persiguen son los jíbaros que han llegado a Usiacurí a expender droga entre los muchachos. El problema ya está detectado y el Alcalde dice que tiene toda su atención puesta en el asunto. Sabe que jóvenes drogadictos pueden romper la armonía del pueblo.


Los agentes de policía atienden ese tipo de casos o como el de este momento: un patrullero habla por radio, se afana, interrumpe a la comandante Érika para informarle de un hombre que acaban de detener. Llevaba elementos de limpieza avaluados en $120.000 sin factura...



Pero claro, en Usiacurí no todo es rosa. El pueblo no tiene alcantarillado, las vías terciarias están descuidadas y aunque se quiere promover el turismo aún no hay un sólo hotel. Tampoco bancos. Esto último, a lo mejor, es un motivo para que los delincuentes no asomen las narices por estos lados.



Hay un déficit de vivienda y para rematar, la pasada ola invernal provocó deslizamientos que arrasaron casas.


Ese déficit de vivienda, sin embargo, cree Elena Marchena, jefe de enfermería del centro médico del pueblo, también podría explicar la paz de Usiacurí. Mire usted: en el pueblo existen familias que habitan una sola casa. También son decenas los hijos que han construido sus viviendas enseguida de la casa paterna. Es decir, explica Elena, que en Usiacurí el núcleo familiar se ha mantenido sólido, unido, y eso ha permitido que los jóvenes crezcan con valores arraigados como el respeto al otro, a la vida del otro. La paz de Usiacurí se gesta de puertas para adentro.


El último crimen, sin embargo, sucedió hace un año. Fue, dice la gente, por celos, por desamor. Alcibiades Blanco, un hombre de 27 años, llevó a su pareja, Mary Cruz, hasta el cerro conocido popularmente como ‘El santo Cachón’ porque los novios acostumbran a subir allá a declararse amor eterno en medio de besos apasionados. Allí Alcibiades ahorcó a Mary y después él mismo se quitó la vida con los cordones de unos zapatos. Nadie sabe cuándo sucedió el asesinato, porque los cuerpos fueron encontrados meses después por un campesino que fue a cortar leña. El récord de diez años sin homicidios en Usiacurí se cortó desde entonces. Elena Marchena insiste, sin embargo, en que homicidios en Usiacurí son cosa extraña y añade que en Urgencias se incrementaron los casos de accidentados en moto, pero que nadie llegó hasta allá por heridas de arma de fuego o corto punzantes.


En Usiacurí, pueblo ejemplo para Colombia, sentencia la enfermera, la gente se muere de vieja, no por balas, no por puñaladas.



jueves, febrero 23, 2012

Relatos en medio de las tumbas



Homenaje a los reporteros en su mes

El Instituto para la Economía Social de Bogotá realizó un recorrido nocturno por el Cementerio Central para narrar las vidas de los periodistas que allí fueron sepultados. Crónica.


Por Santiago Cruz Hoyos 
Fotos Luis Ángel.
 El Espectador*



Es que en Bogotá, dice ahora Blanca Nubia Villalba, viven personas que no tienen idea quién fue, por ejemplo, Gonzalo Jiménez de Quesada, el fundador de la ciudad. Y eso le supone un dato sorprendente, inquietante, perturbador. Enseguida recuerda una frase de un expresidente de Colombia, Eduardo Santos: un país que desconoce su historia es un país sin identidad. Un país que no conoce su pasado se traduce en una sociedad que tampoco tiene mucha idea de lo que será su futuro.

Es la noche del lunes 20 de febrero de 2012. Blanca Nubia Villalba, funcionaria del Instituto para la Economía Social —IPES— de Bogotá, camina por el Cementerio Central. Espera la llegada de periodistas, estudiantes de comunicación, de literatura, uno que otro curioso. El IPES, como una manera de homenajear a los reporteros en su mes, ha decidido realizar un recorrido por este camposanto-museo y narrar las historias de los periodistas que aquí han sido sepultados: Rafael Pombo, Luis Carlos Galán, Alfonso López Michelsen, Enrique Olaya Herrera, tantos.

Mientras Blanca Nubia camina, se pregunta uno si acaso homenajear al periodismo en un cementerio no resultará una suerte de premonición sobre un oficio que, por lo menos el que se ejerce en la prensa escrita, pregonan algunos especialistas de la internet, está a punto de desaparecer. Quién sabe.

El recorrido de hoy es una jornada más de una iniciativa que en Bogotá se viene desarrollando desde hace tres años: programar caminatas por las tumbas y mausoleos del cementerio para contar, recordar, la historia patria. Y qué mejor que hacerlo en este lugar, en donde ya, claro, todo es historia. Blanca Nubia, cabello corto, estatura media, acento capitalino, vuelve a mencionar la frase de Eduardo Santos.

El recorrido de esta noche se iniciará a las 6:30 p.m y finalizará a las 8:00, informa. Como en el día Bogotá no descansa, no hace siesta, almuerza a la carrera, no tiene tiempo, entonces mejor programar la actividad en un horario en el que el público alcance a llegar. Además, recorrer un cementerio a la luz de tres antorchas suena a aventura, susto, misterio, gancho para atraer a los visitantes.

A esta hora, 6:30 de la tarde, por ejemplo, unas 50 personas ya están de pie, frente a la portada del camposanto, custodiada por la escultura del dios Cronos. Escuchan los relatos que Jesús David Pérez, 26 años, uno de los siete guías del recorrido, empieza a narrar.

II

Entonces, dice Jesús David en voz alta y acento costeño, de Sincelejo exactamente, el primer periódico que surgió en Colombia se llamó Aviso del Terremoto. Llegó, apenas, a tres ediciones. Allí se publicaron crónicas relacionadas con el terremoto del 12 de julio de 1785, en Bogotá.

Ese día se cayeron las torres de los conventos de San Francisco y Santo Domingo; ese día algunos sacerdotes salieron a las calles anunciando que el temblor se iba a repetir. Bogotá entera empezó a orar, los habitantes llenaron las iglesias que habían resistido el remezón, y las limosnas, se supone, debieron de haberse incrementado considerablemente.

Jesús conduce ahora a los caminantes hasta la tumba de Manuel Ancízar. Es la segunda estación del recorrido. Ancízar, nacido en Fontibón en 1812, transformó la manera de ejercer el periodismo del país, informa el guía. Fue quien trajo a Colombia la primera imprenta manual. Es decir que por primera vez se podían imprimir cientos de periódicos de una misma edición. Con esa imprenta se hizo un periódico que Ancízar llamó El Neogranadino. Era el final de la década de 1840 e inicios de la década de 1850.

En este momento se piensa en un asunto: el cementerio funciona como blindaje ante el caos de una ciudad de siete millones de habitantes que en esta hora pico regresan de sus trabajos a sus casas. Aquí no se escuchan pitos, gritos de conductores, advertencias de que si caminas por tal cuadra inevitablemente te roban. Aquí en el camposanto sólo se escuchan los disparos de las cámaras de los fotógrafos y la voz de Brigitte, otra de las guías que, junto al mausoleo de Salvador Camacho, cuenta otra historia.

Salvador Camacho nació en Nunchía, Casanare. Fue periodista, sociólogo, fundador del periódico El Agricultor y el segundo periódico El Siglo. A propósito, El Siglo de Camacho Roldán era de ideas liberales, contrario al tercer periódico El Siglo, conservador intransable.

El recorrido sigue. Las antorchas que cargan los guías iluminan los mausoleos. El cementerio se convierte en un escenario de sombras fantasmagóricas. Jesús llega a la tumba de Lino de Pombo, padre del escritor Rafael Pombo. Lino, cuenta Jesús, fue uno de los colaboradores del primer periódico El Siglo.

En este momento se piensa en otro asunto: es curioso que un joven llamado Jesús complete ya cinco años caminando entre los muertos de día, de noche. Es curioso también que cuando Jesús cuenta a manera de anecdotario las biografías de ellos, de los muertos, de cierta manera resucitan en la memoria, se conservan en el presente, sucede una especie de triunfo humano ante la invencible muerte.

El recorrido avanza ahora hacia la tumba de Miguel Antonio Caro, escritor, periodista, político, fundador del periódico El Tradicionista; más tarde se pasará por la tumba de Enrique Olaya Herrera, “el periodista niño de Guateque, Boyacá”, quien fundó, cuando apenas tenía 12 años, el periódico El Patriota; en seguida se llegará al mausoleo de José María Samper, fundador del primer periódico El Tiempo, quien estuvo casado con una de las mujeres pioneras en el periodismo colombiano, Soledad Acosta; se conocerá la tumba de Luis Carlos Galán, quien, en sus artículos, a veces utilizaba un seudónimo: Robinson Crusoe.

También se visitarán las tumbas de Gilberto Alzate Avendaño, abogado, periodista, fundador en la década de 1950 del Diario de Colombia; el monumento de Laureano Gómez, que, con José de la Vega, fundó en 1936 el tercer periódico El Siglo; la tumba de Alfonso Villegas Restrepo, fundador, el 30 de enero de 1911, del segundo periódico El Tiempo; el mausoleo de Eduardo Santos, que en 1913 compró el periódico de Villegas; la tumba de Florentino González, fundador, en 1848 del primer periódico El Siglo; el monumento de Manuel Murillo Toro, creador en Santa Marta de La Gaceta Mercantil; la tumba de Rafael Uribe Uribe, fundador de El Liberal; la tumba de Rafael Pombo, escritor, cuentista, quien creó La Siesta, El Cartucho y El Centro, dos periódicos literarios. La tumba de Pombo, por cierto, registra un craso error: indica que murió en 1915. En realidad falleció en 1912. Este año cumple 100 años de muerte.

El recorrido continuará por la tumba de Tomás Rueda Vargas, fundador de La Revista; la tumba de Ricardo Rendón, pionero de la caricatura en Colombia, quien antes de suicidarse dibujó un cráneo atravesado por un fusil. Se disparó en la boca. Rendón, por cierto, fue el segundo suicida que enterraron en el Cementerio Central. El primero fue el poeta José Asunción Silva. Hubo tiempos en los que la Iglesia no permitía el entierro de suicidas en los cementerios.

La noche se tornará espesa, oscura, y en la tumba de Alfonso López Michelsen, la última estación del recorrido, ya no se distinguirán los apuntes en el cuaderno. En todo caso se registrarán los datos que entregan los guías: expresidente, columnista de El Tiempo, creador del semanario La Calle...

III
Se sale, de nuevo, al caos, la ciudad. Pitos, trancones, ojo que por tal cuadra te roban. En el camino de regreso, en todo caso, se sigue pensando sobre la caminata. Conectando cada historia, armando todo el rompecabezas, se confirma que el periodismo en este país nació y se fortaleció gracias a la política. La mayoría de los periódicos surgieron para promulgar ideologías liberales o conservadoras, sus fundadores, además de periodistas, eran, todos, políticos. Presidentes, ministros, gobernadores.

Pero también se reflexiona sobre una pregunta: ¿acaso el cementerio no es el símbolo más fiel de un país centralista? Blanca Nubia Villalba había informado que una treintena de expresidentes de Colombia estaban enterrados ahí. Una treintena de hombres de poder, que decidieron el destino de una nación, sepultados en un mismo lugar. Entonces no resulta paradójico que este símbolo del centralismo se llame, precisamente, Cementerio Central.

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* Crónica realizada en el marco de un proyecto piloto de intercambio de periodistas de diferentes diarios del país. El proyecto nació en el Ministerio de Cultura.



lunes, enero 30, 2012

Resistencia blanca




En días en los que el Barcelona gana títulos y seguidores por montones, nace en Cali la  peña oficial del Real Madrid. Breve relato sobre el sentimiento más leal y auténtico del ser humano: el amor a un equipo de fútbol.


Por Santiago Cruz Hoyos
Fotos Bernardo Peña
EL PAÍS - Cali

La sede de la resistencia blanca está ubicada en la carrera 40 No 5ª 111 del barrio Tequendama de Cali. Allí, justo donde funciona una cava de vinos. La Cava de Paco, se llama. Paco, precisamente, es uno de los gestores de la resistencia blanca.

Ahora mismo anda por ahí, sonriente, repartiendo copas a señores que están sentados bajo una gran carpa de lona decorada con banderines de España. También hay una bandera roja de siete estrellas. Informan que pertenece a la Comunidad Autónoma de la capital española. Sin embargo, el gran símbolo de la resistencia blanca es ese que se ve ondeándose, imponente, a la entrada de la carpa: la bandera del Real Madrid.

Son casi las 4:00 de la tarde del miércoles 25 de enero de 2012. En la sede de la resistencia hay hombres que caminan, beben vino, conversan, todo frente a una proyección de un canal de la televisión española. Se preparan para ver un partido de fútbol en el que está en juego, además de la clasificación de su equipo y el orgullo de hincha, la opción de ganarse el derecho a mofarse durante semanas del perdedor: Barcelona-Real Madrid. Es el encuentro de vuelta por los cuartos de final de la Copa del Rey.

Pero en aquellos hombres que esperan con ansias el partido se percibe tensión, resignación y si acaso un muy leve positivismo. Pasa que la mayoría son hinchas del Madrid. Y en esta tarde presienten que el equipo de Iniesta, Xavi, Messi los podría derrotar de nuevo y por enésima vez como ha sucedido en los últimos años. Los hinchas del Madrid se alistan para alentar durante 90 minutos a un equipo que, sospechan, está a punto de padecer otra dolorosa derrota.

No importa: precisamente ese es el encanto del asunto. En días en los que el Barcelona gana títulos por montones y seguidores por millones, en días en los que se volvió una moda decir que se es seguidor del casi invencible Barça, nace esta resistencia blanca que no es más que la peña oficial del Real Madrid en Colombia.

La nueva barra oficial traduce una certeza: el sentimiento más leal y auténtico en la vida de un hombre de fútbol — ese amor que siente por su equipo— se fortalece en las derrotas, las desgracias. Si el equipo pierde, la fidelidad del hincha no está en riesgo. Si el equipo sufre una debacle como, digamos, el descenso de River Plate en Argentina o el de América en Colombia, el amor no muere, no, por el contrario, se aferra a la camiseta aún más, se ensancha. Si, como en el caso que nos ocupa, el rival histórico es el nuevo rey del mundo, entonces se crea una barra para seguir apoyando al Real Madrid con la fe de que la historia, algún día, tendrá que cambiar.

Los fundadores de la peña son Paco González, un colombo-español, propietario de la cava de vinos, y Alexis Preyre, un madrileño de 36 años, profesor de inglés, que llegó a Cali hace apenas un mes tras el amor de una mujer. Paco y Alexis se conocieron, conversaron sobre la pasión por el Madrid y se les ocurrió crear la peña. Aseguran que la intención es simple, casi modesta: reunirse cada que el equipo juegue, tomar vino, picar chorizo español, jamón serrano, quesos y, en todo eso, hacer amigos.

Hace apenas unas semanas que anunciaron la idea en la radio, en la prensa, y ya les han escrito unos 100 simpatizantes del Madrid en toda Colombia. En tiempos de reinados futbolísticos ajenos, parece, es mejor estar unidos para sobrellevar algunas frustraciones.

Como en esta ocasión. El partido ha finalizado y Barcelona y Real empataron a dos goles. Aunque el equipo blanco ha jugado bien, “brillante” escribirán los periodistas, los de Messi se han quedado con la clasificación a las semifinales de la Copa del Rey.

Los hombres que estaban en la carpa como Jairo Bolaños y Gerardo León López, ambos hinchas de Millonarios desde siempre y del Real Madrid desde la década del 50, ahora comentan el juego, satisfechos, casi felices, por la remontada del equipo. Y sucede algo curioso: aunque la mayoría de los presentes, cómo no, son del Real, anuncian que también hay por ahí un par de hinchas del Barcelona. No es que hagan parte de la peña, no propiamente, pero sí son muy amigos de sus integrantes, sí se pueden reunir para ver los partidos juntos, en total comunión.

Es que son, a la larga, hijos de un mismo dios: el buen fútbol. La amistad entre hinchas del Madrid y Barça en esta tarde recuerda una verdad que algunos de los muchachos que asisten a los estadios de Colombia con ganas de violencia han olvidado: el fútbol, con todo y la pasión que despierta, es simplemente un juego. Nada más.




lunes, diciembre 19, 2011

Poeta involuntario




Héctor Abad Faciolince publica un nuevo libro: ‘Testamento involuntario’. Son poemas. Poemas escritos con mucho miedo durante los últimos años. El libro está dedicado a Daniel, un amigo de infancia que de tanto desamor y tanto verso se pegó un tiro.



Por Santiago Cruz Hoyos
Gaceta - El País
Fotos Cortesía Alfaguara

Los poemas los escribió durante años, “en cuadernos y papeles dispersos”. Los escribió - escribe - con miedo, “como quien sufre de vértigo y se asoma al vacío de un acantilado”.Es que resulta que muy niño, a los trece años, fue que empezó a escribir poesía a escondidas. Él junto con su mejor amigo, Daniel Echavarría, “desconociendo el peligro al que nos exponíamos”.

Hasta que Daniel, atribulado por desamores y palabras y poemas propios, no aguantó más esta vida y se pegó un tiro en el paladar. Tenía 17 años.

Por eso, en parte, el miedo. Por eso Héctor Abad Faciolince dejó de escribir poesía, para no repetir el destino de su amigo, “y me refugié en la serena superficie de la prosa”. De vez en cuando, muy de vez en cuando, se acercaba de nuevo al peligro, al filo, volvía a ser poeta.

Esos versos escritos al borde del abismo los acaba de publicar en un libro que se llama ‘Testamento Involuntario’ (Alfaguara). Se llama así porque Héctor no cree que vuelva a acercarse a la poesía, y esta obra fungirá entonces como su testamento poético, “lo poco que puedo dejar en este género después de más de media vida dedicada a juntar una palabra con otra”.

El libro está dedicado a Daniel, por supuesto.

II

Héctor Abad; ¿qué es un poeta?

Alguien capaz de usar las palabras para decir de la manera más precisa, armoniosa y económica, algunas verdades que los demás solamente intuimos confusamente y apenas podemos balbucir. Alguien que ve más, siente más, y es capaz de traducir al lenguaje esa experiencia exacerbada.

¿Y la poesía?

Poesía es el resultado de lo que hacen los buenos poetas. No es un amanecer, o un atardecer, o el amor correspondido, o una rosa rosada; eso es lo que los malos poetas llaman poesía, pero son simplemente situaciones agradables o posible presencia de espinas.

¿Y usted en realidad por qué le tiene miedo a la poesía? Yo no sé si es porque a ese género se le mira tan lejos, como de gente superior, como de genios, como un asunto reservado para alguien que tenga un apellido como Pessoa o Greiff…

Los poetas, en general, no son genios. Creo que hay buenos poetas geniales e incluso uno que otro poeta muy bruto (y en general no muy bueno). Los apellidos son todos idénticos; ni buenos ni malos. Simplemente hay algunas personas que han sido capaces de hacerle honor a su apellido corriente, y es eso lo que hace que sus nombres nos parezcan importantes. Le tengo cierto respeto a la poesía porque me acerca a la muerte como tema y como realidad; por eso me acerco a ella con respeto, incluso con humildad: ser buen poeta es casi imposible.

¿Y para qué sirve leer poesía?

Creo que la poesía es la más decantada de las artes que se practican con las palabras. García Márquez, que es un genio de la prosa y de la crónica, ha sido un gran lector de poesía, e incluso en sus libros uno descubre versos de Rubén Darío, de los poetas piedracelistas, de otros.

Los poetas -quiero decir los buenos poetas- son los que más nos enseñan el uso creativo y novedoso de esta herramienta de palabras que es el lenguaje. Cualquiera que desee dedicarse a un ejercicio con palabras debería leer a los grandes poetas de la propia lengua, por lo menos. Lo más novedoso, lo más arriesgado, lo más insólito en el uso de las palabras, es eso a lo que los poetas se han atrevido. La poesía es una lección de abismo, pero también de profunda recuperación del pensamiento más hondo gracias al buen uso de las palabras en toda su extensión: sonora, expresiva, significativa, precisa, directa, implícita, explícita… todo.

A propósito de crónicas: sus poemas en realidad son historias. ‘Virginidad’ narra la historia de una niña enamorada de usted; ‘Rutina’, describe esos comportamientos que repetimos desde que nos levantamos; ‘Manicomio’, la historia de sus hermanas. Poemas – historias…

Cada sección de este libro se abre, en efecto, con un poema narrativo, es decir con un poema que cuenta una historia. Son los poemas más largos del libro. En el origen la poesía contaba historias (en la épica, en los romances, en los cantares y canciones); después la poesía se fue convirtiendo en algo demasiado íntimo y expresivo. A mí me gustan todas las escuelas: la de lo expresivo, la de la experiencia, la intimista, pero también la narrativa.

Hablemos sobre Daniel Echavarría. ¿Se acuerda de un poema de él? ¿Por qué la poesía no pudo salvarlo?


No recuerdo ningún poema de Daniel de memoria. Tal vez sus poemas no eran memorables; eran los primeros balbuceos de dos adolescentes que leían a Machado, a Miguel Hernández, a Neruda y a Carlos Castro Saavedra; no todas eran buenas influencias, y nosotros estábamos apenas aprendiendo a entender qué era la poesía. Pero él me enseñó la seriedad y la importancia del oficio de jugar con las palabras. Él se pasaba las noches escribiendo, y al otro día por la tarde me leía lo que había escrito. Estoy seguro de que algún verso era bueno, pero por desgracia no recuerdo ninguno.

La poesía no salva a nadie, y por eso tampoco pudo salvarlo a él. La poesía incluso puede producir lo contrario: una condena a la hipersensibilidad, a tratar de percibir el mundo con una amplificación de lupa, de microscopio, de telescopio, y eso puede ser muy doloroso, porque intensifica lo absurdo, lo horrible. Quizá Daniel no pudo aguantar su exceso de sensibilidad para traducir el mundo a las palabras.

Héctor, ¿y por qué este libro es su Testamento Involuntario?


Porque no sé si vuelva a escribir poesía. No es mi testamento en el sentido de una herencia material o literaria, pero sí podría ser mi testamento poético: lo poco que puedo dejar en este género después de más de media vida dedicada a juntar una palabra con otra.

Involuntario porque la poesía es involuntaria: uno no puede escribir poemas con un esfuerzo de la voluntad. Los poetas no son perezosos; lo que pasa es que a un poeta no le sirve de nada esforzarse, ser disciplinado, levantarse a las seis o acostarse a las once. La poesía llega porque sí, y no sabemos por qué ni a dónde van a brotar sus palabras. Hay personas que reciben el soplo de la poesía y personas que no. Y además ese soplo es casual, caprichoso, intermitente. Leer poesía ayuda a oír las posibles señales poéticas que se nos ocurren en la cabeza, pero no garantiza que escribiremos buenas poesías. Si mucho lo que nos da es la capacidad de distinguir lo poético de lo falsamente poético, que es la mayoría. Uno puede oír un verso bueno por la calle, en un bus, pero hay que tener el oído muy afinado para poderlo distinguir en medio de tanto ruido y de tantas palabras vacías, repetitivas, sosas.

¿Pero cómo se da eso de la poesía en Héctor Abad?


Como dice el Evangelio, el Espíritu sopla donde quiere. A veces puede soplar en la cabeza de un asno; la poesía sopla donde quiere y cuando le da la gana. Hay, sin embargo, cosas que ayudan: soledad, silencio, incomunicación (estar por ejemplo en un sitio donde no se entiende ni una palabra de la lengua). Y curiosamente creo que cierta melancolía le conviene más a la poesía que la exaltación de la felicidad. Incluso los poetas llenos de humor no oyen sus burlas en una farra, sino más bien en un entierro.

Usted escribe en el libro que “el poeta que consigue combinar varias palabras en una frase perfecta, siente un antiguo goce animal”. ¿Cómo es eso?


El goce animal es el que no pasa por nuestra cabeza consciente y pensante. Es el gusto por una comida, por saciar la sed o el deseo, por sentir un calor, una caricia, un roce sin que nada de esto esté contaminado por el pensamiento. El goce animal puede ser bañarse en el aguacero, o en un río, mirar un árbol, comerse un trébol, acostarse en la hierba a mirar las nubes, pero con la mente en blanco.

Hablemos de las ciudades de estos poemas: fueron escritos en Caracas, Lisboa, Moscú... ¿se viaja solo y entonces se escribe poesía?


La soledad de los viajes ayuda a oír a ese compañero que siempre va con uno, que es, precisamente, el que de vez en cuando está de humor para dictarnos un poema, o al menos un buen verso. Los viajes sirven para salirse de la rutina y del ruido de la vida cotidiana. La mente, el oído, la sensibilidad animal se aguzan, y a veces, entonces, sopla una cosa en el cráneo que nos dice una buena combinación de palabras.

Por último, un comentario: acabo de terminar de leer su libro y le cuento que quedé con ganas de leer poesía. Ahora mismo voy a la librería. ¿Usted qué me recomendaría?


Si una novela da ganas de leer otras novelas; si una crónica despierta el deseo de volver a comprar periódicos, si una poesía hace pensar que tal vez valga la pena leer poesía… es buena seña. Consígase ‘Principio y Fin’, de Szymborska; ‘Juan de Mairena’, de Antonio Machado; ‘Las personas del verbo de Gil’, de Biedma; ‘Montañas’, de José Manuel Arango o el último libro de Piedad Bonnett. También le aconsejo una poeta canadiense, Anne Carson.
 
 


martes, noviembre 15, 2011

El país de los huyentes




Alfredo Molano viajó a la frontera entre Colombia y Ecuador. Allá se encontró con seis historias de colombianos. Escribió un libro: ‘Del otro lado’. Son relatos de cómo es vivir en la zona, memoria de colonos que han sido desplazados por la guerra hasta esa línea divisoria.


Por Santiago Cruz Hoyos
GACETA - EL PAÍS
Fotos: Cortesía Aguilar.

El primer viaje a la orilla ecuatoriana lo realizó para escribir un reportaje sobre las fumigaciones a los cultivos de coca. Después volvió. Esta vez para asistir a un seminario sobre la situación de los refugiados en la frontera, “que comenzaba a ponerse delicada”. Y sucedió lo de la muerte de ‘Raúl Reyes’. Otra historia que debía escribir. Regresó.


“Todo eso me fue haciendo el camino hacia el tema. Los temas van apareciendo lentamente, no es que me ponga a pensar sobre ellos”.

Fue Javier Ponce, sociólogo, ministro de defensa de Ecuador y uno de los organizadores del seminario, el que le propuso hacer el libro: relatos, “como los que tú haces”, sobre la situación de los colombianos refugiados en la frontera. Jaime Díaz, además, un hombre que trabaja con oenegés en Colombia, realizó las gestiones para financiar el proyecto. Y sí, resultó.

Esa, en resumen, es la historia de cómo surgió ‘Del otro lado’ (Aguilar) el más reciente libro del sociólogo, periodista, columnista Alfredo Molano Bravo. Son seis testimonios, tres hombres, tres mujeres: Demetrio, Mariana, el Abeja, Nury, el Maromero, Rosita la Peligro. Todos, huyentes de la guerra en Colombia que por distintos caminos llegaron a la frontera con Ecuador.

Pero no sólo eso. Son relatos de un país que en las ciudades es desconocido: heridas que se curan con panela, prostitutas que tienen bajo sus camas a sus bebés, en cajas, peces que matan a los hombres con veneno, gente que viaja a pie por esa selva, familias con muertos que no han podido enterrar porque están desaparecidos, fantasmas que cantan rancheras con una guitarra palo de rosa, duendes, mujeres que son transportadas en hamacas para parir, ríos, pueblos que jamás se han escuchado, madres a quienes les mataron a sus hijos en falsos positivos y por ahí derecho, dicen, les mataron el amor, animales extraños como la culebra ‘cuatronarices’.

“Una de mis intenciones con el libro es mostrar ese país que no se conoce, esa cantidad de ríos que nadie ha oído nombrar, ese Caquetá que nadie sabe para dónde va, o de dónde viene el Putumayo, eso que en los colegios no se enseña: historia local. Un poco mi intención es esa, mostrarle al país que existe otro país de colombianos que trabajan y que sufren y que viven igual que nosotros. Son desconocidos, borrados, invisibilizados”, dice Molano.


II

¿Cómo se desarrolló la investigación del libro?

Las entrevistas se hicieron, todas, en Ecuador, básicamente en dos zonas: la oriental y la occidental. La oriental es la zona amazónica. Es una zona petrolera, de una colonización que viene desde los años 80, 90. Es una colonización particular porque muchísimos de los colonos de la zona son colombianos de la orilla del río, y esa orilla del río cada vez se adentra más al Ecuador. Esa franja de colonización va corriéndose de colonos colombianos, o de hijos de colonos colombianos, hacia el sur. Son colonos campesinos que han sido desplazados por la guerra: por la guerrilla, por los paramilitares, por el Ejército, por las fumigaciones, por la guerra.


Y en el otro lado, el occidental, por el lado del Pacífico, donde la capital es Esmeraldas, toda esa zona es de colonización colombiana, pero es una colonización empresarial. Es decir: palma africana. La misma palma de Tumaco que va hacia el sur. Muchos de los colonos de esa zona se emplean como gente de seguridad de las palmeras. También hay técnicos, panaderos y avivatos que van detrás de lo que caiga, de la oportunidad. Son dos formas de colonización distintas en sus modalidades, aspiraciones, composición, en su dinámica misma.


Demetrio, uno de los protagonistas del libro, sugiere: Colombia, un país de ‘huyentes’. ¿Es tan así?

Sí. Fíjese usted: (a) esa gente que está en Ecuador hoy, yo les he seguido su camino desde los conflictos que vivieron en el Sumapaz y en el sur del Tolima, que son conflictos también heredados de los años 30, por los problemas de ley de tierras. Esta gente ha sido azotada por la violencia de los años 50, después en los 60 con las repúblicas independientes, luego fueron expulsados hacia el oriente de la cordillera oriental, sobre todo al Piedemonte Llanero, y de ahí han seguido desplazándose hacia el Caquetá, el Meta, Putumayo hasta llegar al Ecuador. En Colombia hay un camino abierto por gente que huye.


Pero en la frontera, los colonos siguen en conflicto. Hay disputas con los ecuatorianos, conflictos nacionalistas, de patria...

Los colombianos son, en general, muy lanzados, muy vivos, muy jodidos. Cualquiera que sea. Tanto el empresario como el colono entran a codazos. Y además han sido víctimas de la violencia, y han desarrollado una terminología muy fuerte, muy agresiva. Allá entran a hacer negocios, a colonizar o a tumbar lo que sea, a hacer lo que han hecho y lo que les han hecho. Eso, con unas comunidades ecuatorianas muchos más pacíficas, que no han tenido el horror de la guerra, genera conflictos.

¿Influyó en esos conflictos el enfrentamiento entre el presidente Rafael Correa y el ex presidente Álvaro Uribe?

Yo creo que los conflictos que se viven en la frontera son expresión de lo que pasó con Correa y Uribe. Yo hablé con altos personajes del poder en Ecuador, y ellos sienten que los ecuatorianos están resentidos con Colombia por la manera como ha entrado al país. Como han entrado los colonos, los empresarios y luego el gobierno con armas, con las fumigaciones. Haber entrado con aviones, con fumigantes, es, simplemente, la expresión estatal de lo que hace el colono que llega a empujar al otro.


Pero después de hacer la investigación del libro, ¿cree que ha cambiado la situación en la frontera con la llegada de Juan Manuel Santos a la presidencia?

Yo creo que sí ha cambiado en algo. Eso se expresa en el cambio de Correa. Inclusive, ya no tiene esa mirada que le hizo a Uribe en la Cumbre del Grupo de Río en Santo Domingo. Es que así como miró Correa a Uribe, así, en cierta medida, miran a los colombianos en el Ecuador. Una desconfianza, un miedo. Pero naturalmente ha cambiado, aunque de todas maneras hay una gran prevención. Sin embargo, entre colombianos y ecuatorianos también se ven alianzas de capitales, o alianzas de campesinos. Hay campesinos colombianos que viven en el Ecuador pero que trabajan la coca en Colombia. O ecuatorianos que viven en su país pero que también trabajan la coca en Colombia. La coca es un fenómeno tanto colombiano como ecuatoriano. Ambos la trabajan.


Sin embargo, en el libro se dice que no se siembra coca en Ecuador para no “calentar la zona”. La frontera es vista por los colombianos como zona de refugio, entonces no siembran coca...

Sí, no siembran coca en Ecuador para respetar, para que no se les caliente la zona como usted dice. Sin embargo, la frontera es una vía para sacar la droga. Es decir: el narcotráfico sí usa el Ecuador. Los colonos cultivadores son más prudentes porque son más débiles. Los otros uno no sabe con quién están asociados.


¿Usted qué análisis hace de lo que será el futuro de esa frontera?

Si este gobierno actual logra llegar a un acuerdo con la guerrilla, esa frontera será próspera, rica. Tiene gente, suelos. Un arreglo con la guerrilla permitiría una colonización regulada. Si eso no existe, si seguimos así, se continuará con una colonización irregular, semillero permanente de conflictos. Y eso podrá seguir dándose en otras fronteras: Brasil, Perú.


El libro, para los que hacemos periodismo, confronta: cada vez viajamos menos, cada vez cubrimos lo cercano, cada vez se depende más de Internet para contar lo que pasa en las regiones. ¿Qué piensa de cómo se está ejerciendo el oficio?

Eso del Internet a mí me asusta. Fíjese que lo que sucede es que se cita sobre citas. Y comienza una especie de pirámide de información. Se cita una página de Internet, o se toma información de una página, y esa página ha tomado citas de otra página, y eso crece y se van creando unas verdades que son improbables. Y el periodismo cada vez se aleja más de la fuente directa, de los viajes y sobre todo, de esas fuentes regionales. Porque pues valen. Y finalmente los diarios son empresas que tienen una contabilidad particular, de empresarios, de modo que entre más se ahorre, mejor. El Internet es una gran herramienta, pero también es peligrosa: ¿cuál es la fuente ahí?


¿Qué espera de ‘Del otro lado’?

La expectativa es que se lea y se rompan un poco esas imágenes de la frontera, que está tan ignorada, tan invisibilizada . Sólo cuando hay un bombardeo, una situación tensa con Ecuador, nos interesa la frontera. De resto no. Pero en esa frontera viven 500.000 colombianos, 500. 000 colombianos en rebusque.

Yo a veces me desmoralizo. Se escribe sobre la realidad, pero pareciera que a nadie le importara eso. Y a veces pienso que me repito, aunque todo el mundo se repite. Yo me repito, pero lo que pasa es que la realidad también se repite.